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miércoles, 20 de marzo de 2013

Blog de Hildy: “¿Cualquier parecido de las series de TV con la realidad es pura coincidencia?”

A la vieja frase de “la vida no es como en las películas” habrá que añadirle, decididamente, un corolario, “la vida no es como en las series de TV”. De acuerdo que hay convenciones que hay que aceptar, que existe la apelación a aquello de suspender la incredulidad, etcétera, etcétera, pero es que dentro de la supuesta edad de oro que estarían viviendo los seriales de la ya no tan pequeña pantalla –el personal empieza a tener unos “home cinema” de aquí te espero–, a la hora de sorprender, epatar, encandilar, se empieza a llegar a extremos que piden a gritos ser cuestionados.
Y hablo de series que despiertan mi interés, me engancho y estoy deseando ver nuevos capítulos. Pero me temo que cualquier parecido entre la vida real y lo que veo es pura coincidencia. Pongamos House of Cards, de la que ayer mismo ofrecía un comentario. El cinismo del congresista Francis es tan exagerado que me obliga a preguntarme: ¿qué mueve a este narcisista en la vida, aparte del placer de mirarme a la cara como espectador y presumir de su última “puñalada” y de la clarividencia con que ve las cosas? Es que este hombre con lo único que parece disfrutar es tomando filetes ricos en colesterol... La serie está muy bien contada, pinta distintas luchas por el poder, la ambición de una periodista, y tal y cual, y te preguntas cómo discurrirá. Uno no acaba de caerse del guindo, como para negar la corrupción en tantos ámbitos de la sociedad, pero sea como fuere, lo que veo no me parece creíble.
¿Qué contar de Gran Hotel? Vaya por delante que es mi serie española favorita en la actualidad, la sigo semanalmente, pero el modo en que se acumulan acontecimientos y lo deprisa que discurre todo me dejan perplejo. Me sorprende la detención del asesino del cuchillo de oro y su ejecución a garrote vil, sin que medie ni una apariencia de juicio entre medias; o lo rápido que se reconoce la pertenencia a la familia Alarcón de Andrés, con el resultado de una habitacioncita de lujo y buena ropa, ahí queda todo. Una mina se pone en explotación en un santiamén, o doña Teresa es capaz de mover tentáculos para forzar a un montón de hoteles extranjeros a doblegarse ante ella de un modo que envidiaría el mismísimo don Vito Corleone. Total, que estoy en las mismas, la serie me parece entretenida, pero la verosimilitud brilla con frecuencia por su ausencia, todo se precipita, tal vez por mantener la audiencia a toda costa con novedades.
No soy un experto en Girls, admito haber visto sólo un episodio. Pero la impresión que saqué concuerda con lo que leo que escribe sobre ella Alberto Nahum en su “Diamantes en serie”. Buen oficio narrativo, capacidad de sorprender, pero “una sentimentalidad histérica y unos personajes narcisistas hasta el aburrimiento”. “El regreso” es el episodio 6 de la 1ª temporada, y allí seguí a Hannah (Lena Dunham, joven creadora del asunto, apadrinada por Judd Apatow) de regreso a su pueblo. Me dejó flipando la crudeza desamorada con que se muestra su lío con un jovenzuelo, y aún más el modo en que celebraban su aniversario sus padres, el accidente cuando hacían el amor, la falta de pudor... Okey, puede ser reflejo del vacío que trae pareja la posmodernidad, pero tampoco me pareció real, más bien una pesadilla de aquello a lo que no se debería llegar.

martes, 19 de marzo de 2013

Crítica serie TV "House of Cards" (se emite en Canal +)

*****
House of Cards
House of Cards
EE.UU. | 635 min | Drama-Thriller


Creador: Beau Willimon
Interpretes: Kevin Spacey, Robin Wright, Michael Kelly, Kristen Connolly, Kate Mara, Corey Stoll

Público apropiado: Jóvenes-adultos
Contenidos [de 0 a 4]: Acción 1, Amor 0, Lágrimas 1, Risas 1, Sexo 2, Violencia 1
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Recién elegido el nuevo y demócrata presidente de Estados Unidos, el congresista Francis Underwood contaba con ser nombrado secretario de estado. Pero el ingrato presidente electo ha decidido no cumplir su promesa, las circunstancias políticas obligan. No queda convencido Underwood, que a partir de ese momento orquesta su particular venganza: no sólo torpedeará a quien el presidente ha señalado como secretario de estado para colocar a una mujer en su lugar, sino que apoyará una nueva ley de educación a su gusto, y filtrará información a su gusto a una bloguera del influyente diario The Washington Tribune; y todo ello con la apariencia de ser un fiel colaborador de la Casa Blanca, a la que no guardaría rencor. Entretanto la esposa de Francis, Claire, busca el modo de sacar adelante sus proyectos medioambientales sin ánimo de lucro, contando con que los fondos que manejará no son los deseados por la falta de consideración de que ha sido víctima él.
Traslación a la realidad política americana de la novela del británico Michael Dobbs, que fue convertida en serie televisiva por la BBC en la última década del siglo XX. Se trata de un ambicioso proyecto de Netflix, el portal de internet para alquiler de películas y series televisivas, que de este modo se mete de lleno en la producción, incluso con el atrevimiento de haber puesto simultáneamente a disposición de sus usuarios, los 13 episodios de que consta su primera temporada. Los dos primeros capítulos los dirige el estiloso David Fincher, en su primera incursión televisiva, y otros cineastas ligados a House of Cards responden a los prestigiosos nombres de James Foley, Joel Schumaker, Carl Franklin y Allan Coulter, entre otros.
El enfoque de House of Cards es tremendamente cínico: la entrega de Francis a la política es una exclusiva mirada a su propio ombligo, no consiste en otra cosa que en sentir el vértigo del poder y salirse con la suya, siempre desde una altura clarividente que mira a los demás con desprecio, sean “lobos” o de la “manada”. Ello se subraya con la escenas en que Francis, un papel a la medida de Kevin Spacey, mira directamente a cámara para exhibir sin tapujos su desprecio a los demás, su escasa confianza en la naturaleza humana la búsqueda de su exclusivo interés. Su matrimonio con Claire –no tienen hijos– parece más una fría asociación conveniente para ambos, que algo basado mínimamente en algo parecido al amor. Y los otros congresistas, la periodista, los ciudadanos sufrientes, no son más que peones sacrificables en su particular partida política de ajedrez; y ello porque tampoco es que sean mejores que él.  Está claro que la serie, desarrollada en su versión yanqui por Beau Willimon, tiene gancho y está bien rodada. Logra intrigar y los actores hacen un buen trabajo. Pero la imagen que transmite de la actividad política es algo muy parecido a una cloaca donde nadie parece pensar que está prestando un servicio a los ciudadanos. Lo que resulta altamente deprimente.